Del absolutismo a la Revolución Francesa
Durante los siglos XVII y XVIII, Europa vivió grandes transformaciones políticas, sociales y culturales. Uno de los sistemas más importantes de este período fue el absolutismo, una forma de gobierno en la que el rey concentraba todo el poder. Según la idea del “derecho divino”, el monarca era elegido por Dios, por lo que nadie podía cuestionar sus decisiones. Desobedecer al rey se consideraba un pecado.
En los países europeos, especialmente en Francia con el rey Luis XIV, se consolidó este modelo. Luis XIV, conocido como el “Rey Sol”, limitó el poder de la nobleza, fortaleció el ejército y desarrolló una política económica basada en el mercantilismo, que buscaba acumular riquezas a través del comercio y la expansión. Con esto, se logró una unidad nacional más fuerte y un poder centralizado en la figura del monarca.
En el absolutismo, la sociedad estaba dividida en clases sociales rígidas: el clero, la nobleza y el pueblo. No se podía cambiar de clase social y las personas del pueblo eran tratadas con inferioridad. Además, no existían leyes escritas que limitaran al rey, y los organismos consultivos no tenían poder real de decisión. El rey gobernaba sin rendir cuentas, y los ciudadanos no tenían derecho a rebelarse contra él.
Sin embargo, poco a poco, esta situación comenzó a cambiar. El desarrollo del comercio, el nacimiento de los bancos y el uso del dinero como medio de cambio transformaron la economía. Surgió una nueva clase social: la burguesía, formada por comerciantes, banqueros y profesionales, que empezó a acumular riqueza y a cuestionar el poder absoluto de los reyes y la nobleza. De este modo, se fueron preparando las condiciones para el surgimiento de nuevas ideas.
La Ilustración: la razón contra el poder absoluto
En este contexto nació la Ilustración, un movimiento cultural e intelectual que cambió la forma de pensar en Europa durante los siglos XVII y XVIII. Los pensadores ilustrados creían que la razón, la ciencia y el conocimiento eran las herramientas para mejorar la sociedad. Defendían que todas las personas eran capaces de pensar por sí mismas y que nadie debía aceptar las órdenes de la autoridad sin cuestionarlas.
La Ilustración fue una crítica directa al absolutismo y a la influencia de la religión sobre la política. Los filósofos ilustrados proponían una sociedad basada en la libertad, la igualdad ante la ley y la tolerancia. Querían gobiernos que representaran al pueblo y respetaran sus derechos.
Entre los pensadores más importantes estuvieron:
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Voltaire, quien defendió la libertad de expresión y la tolerancia religiosa.
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Montesquieu, que propuso la separación de poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) para evitar los abusos del poder.
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Jean-Jacques Rousseau, autor de El contrato social, quien afirmaba que la autoridad debía venir del pueblo y no de los reyes.
Gracias a los avances de la imprenta, las ideas ilustradas se difundieron a través de libros y enciclopedias. La más famosa fue la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert, que reunió el conocimiento científico y técnico de la época con una visión crítica del poder.
Estas ideas no se quedaron solo en los libros: inspiraron revoluciones que transformaron el mundo, como la Independencia de Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789). Ambas demostraron que el poder de los reyes podía ser cuestionado.
La Revolución Francesa: el fin del absolutismo
A finales del siglo XVIII, Francia vivía una profunda crisis económica y social. El país estaba dividido en tres estamentos:
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El clero, que tenía privilegios y no pagaba impuestos.
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La nobleza, que vivía de los tributos del pueblo.
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El tercer estado, formado por campesinos, obreros y burgueses, que soportaban la carga de los impuestos y carecían de derechos.
La monarquía de Luis XVI gastaba enormes sumas en lujos y guerras, mientras el pueblo sufría hambre y desempleo por las malas cosechas. Además, las ideas de la Ilustración inspiraban a la gente a exigir igualdad, libertad y soberanía popular.
En 1789, el descontento estalló: los representantes del tercer estado se reunieron en el Juramento del Juego de la Pelota, comprometiéndose a crear una Constitución. El 14 de julio de 1789, el pueblo tomó la Bastilla, símbolo del poder real, lo que marcó el inicio de la Revolución Francesa.
Durante los años siguientes, ocurrieron importantes cambios:
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En 1791, se aprobó una Constitución que limitó el poder del rey.
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En 1792, se proclamó la Primera República y Luis XVI fue ejecutado en 1793.
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Entre 1793 y 1794, el país vivió el Reino del Terror, dirigido por Robespierre, en el que miles fueron ejecutados por traición.
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Finalmente, en 1799, Napoleón Bonaparte dio un golpe de Estado y puso fin a la Revolución, iniciando una nueva etapa en Francia.
Consecuencias y legado
La Revolución Francesa terminó con la monarquía absoluta y cambió para siempre la historia de Europa. Sus principales logros fueron:
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La proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que defendía la libertad, la igualdad y la soberanía del pueblo.
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La expansión de las ideas revolucionarias por todo el continente.
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El inicio de los principios democráticos y republicanos modernos.
El paso del absolutismo a la Ilustración y luego a la Revolución Francesa representa el proceso mediante el cual la humanidad comenzó a luchar por un mundo más justo. Las ideas de libertad, igualdad y derechos humanos que nacieron en ese tiempo siguen siendo la base de nuestras sociedades actuales.
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