¿Qué estamos celebrando? Una mirada crítica a la independencia de Guatemala
No cualquiera llega a cumplir 199 años de vida. Pero menos aún puede celebrarlo si lo ha hecho bajo la sombra del fracaso. Guatemala está a las puertas de su bicentenario, y muchos se preguntan: ¿de verdad hay algo que festejar?
La famosa frase “todo cambió para seguir igual” parece hecha a la medida de lo que ocurrió en 1821. La independencia de Guatemala no fue una epopeya de libertad ni una gesta heroica para construir una nación justa. Fue más bien como cuando una finca cambia de dueños, pero no de reglas: se fueron los españoles, llegaron los criollos, y todo siguió igual… o incluso peor para muchos.
El sistema colonial que oprimía a los pueblos originarios, que les quitó sus tierras y los convirtió en sirvientes, simplemente se adaptó a los nuevos tiempos. La élite criolla —acompañada por militares, religiosos y algunos mestizos— tomó el poder sin intención de cambiar el orden social heredado de la Colonia. El Estado guatemalteco, entonces y ahora, se construyó sobre la exclusión, el racismo y la desigualdad.
Mientras en otros países las independencias significaron cambios profundos, en Guatemala solo se redistribuyeron los privilegios. Los impuestos ya no iban a los reyes de España, sino a los nuevos “amos locales”, ansiosos por conservar su riqueza sin pagar lo que debían. Es una práctica que, tristemente, sigue vigente: somos uno de los países con menor carga tributaria para los ricos, lo que se traduce en un Estado débil e incapaz de responder a las necesidades básicas de su población.
Entender este proceso implica mirar más allá de nuestras fronteras. España, desgastada por guerras contra Napoleón y con una monarquía tambaleante, apenas podía mantener el control sobre América. Aprovechando ese vacío de poder, los criollos vieron su oportunidad. No fue un clamor popular, no fue un movimiento indígena masivo. Fue una decisión de élite para mantener el control… sin rendir cuentas a nadie.
Eso no quiere decir que no hubo resistencia indígena. En 1820, en Totonicapán, Atanasio Tzul y Lucas Aguilar lideraron un levantamiento contra los abusos coloniales. Fueron reprimidos brutalmente, pero su legado inspira hasta hoy. Aun así, su lucha fue silenciada, porque la historia oficial no la escribió el pueblo, sino los poderosos.
Después de la independencia, los pueblos indígenas siguieron siendo despojados, marginados, maltratados. Se les negó la tierra, la salud, la educación… y hasta el derecho a soñar. A muchos guatemaltecos se les enseñó a estar orgullosos de una historia que no conocen, que no les pertenece, que ha sido distorsionada por el civismo de desfile y la propaganda vacía.
Hoy, más que nunca, necesitamos repensar nuestra historia. ¿Vamos a seguir celebrando una mentira, mientras nuestros niños mueren de hambre y millones carecen de servicios básicos? ¿Qué sentido tiene conmemorar el bicentenario si no hay justicia, igualdad ni dignidad?
Este momento podría ser una oportunidad única para “refrescar el sistema” y empezar a construir una Guatemala diferente, una donde todos —ladinos, indígenas, mestizos— tengamos los mismos derechos, donde vivir bien no sea un privilegio, sino una posibilidad real.
Porque si no cambiamos el rumbo, entonces sí: no hay nada que celebrar.
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